DESPLAZAMIENTOS INTERNOS
De repente, tuvimos que guardarnos. Cada uno en su casa, con sus objetos y sus teléfonos. Con la heladera llena de comida, con tiempo para dormir, tiempo para leer, tiempo para charlar, aunque el trabajo también sofoque. Sin poder salir, sin saber hasta cuándo. Con las noticias entrando cada día, las muertes, la especulación y el dolor ajeno. Con nuestro dolor también. Recordad siempre: esta no es la situación de todos, tan sólo la nuestra. Todos padecemos, es universal, inherente a la vida. Algunos dolores son muy particulares, otros los compartimos todos. Pero nadie se duele por otro. Nunca viviré los dolores de espalda de mi madre. Sí, siento una amargura por su salud, otro dolor, pero no el suyo. Y a la vez, cuando atiendo su dolor, la acompaño con el mío. Por eso está el grito, que se salta las mediaciones y va directo al oído como un mensaje universal, para transmitir el dolor, para ser atendido de inmediato, sin idioma. Hay gritos por todas partes. Es preciso escuchar. Quizá este sea el mejor momento, desde el hogar de cada uno. Hace falta pensar nuestra situación, nuestras coordenadas, para poder pensar al otro. Reflexionar nuestro propio estado, desprendido de apuros y distracciones, imaginar es el tiempo jamás perdido en este confinamiento. Para volver más conscientes y vernos mejor, para amparar el dolor ajeno con nuestro pensamiento, primero hablo de mí y mi pequeño entorno, así podré acercarme a los otros, con afecto. En silencio se escucha mejor. Cecilia Vidal C.